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viernes, 16 de enero de 2009

Cinco (2)

Cuando Ángel se giró, una vez en la caja blanca, tras recoger su paquete diario, se encontró con Alan, jadeante, que acababa de llegar.

-¿Tu que miras, eh?

-Se me hace extraño verte con pijama aquí abajo.- dijo Ángel sonriendo.

A Ángel le pareció ver un leve amago de sonrisa en la cara de Alan, pero en seguida se giró para coger un pincel.

-Toma, esto es lo que tenemos para hoy ¿no?- dijo Ángel tendiéndole a Alan un objeto extraño y un sobre con los dibujos que debía pintar en él.

Alan lo cogió y se fue al lugar que siempre ocupaba Ángel. Ángel lo miró extrañado.

-Si van a venir a por mi, prefiero verles de cara. Te recomiendo que cuando aparezcan, te quites del medio. No voy a permitir que me atrapen esta vez. Esta vez no. Si vienen, me resistiré hasta el final.

Ángel le miró sorprendido, y se colocó en el sitio de Alan para pintar. Pero no podía concentrarse. Su mente no hacía más que darle vueltas al asunto. Si venían, ¿se apartaría, como le aconsejaba Alan que hiciera?, ¿o lucharía con él? Trató de pensar formas de escapar, distintas trampas que colocar. Los jarrones eran bastante resistentes, eso ya lo había comprobado, pero si ellos llevaban armas de fuego, no había nada que hacer…

Ángel observaba también a Alan. No podía comprender cómo conseguía mantener la calma. Estaba tranquilo, pintando, aunque cada poco tiempo levantaba la vista y miraba primero al pasillo, y luego a los guardias que había alrededor. Luego volvía a pintar.

Ángel pensó que si de verdad se lo llevaban, para siempre, y él no hacía nada, se sentiría mal. Desde que Alan había llegado, su estancia en aquel lugar había mejorado mucho. No es que estuviera disfrutando con aquello, pero en cierto modo sus ideas de escapar habían dejado de aparecer tan frecuentemente e incluso había empezado a escribir, cosa que antes, en el exterior, hacía a menudo.

Y Alan también parecía haber cambiado. Desde el primer día que llegó, poco a poco había empezado a hablar más y más. Había llegado a hacer algún que otro chiste incluso. Lo cierto es que no quería volver a quedarse sólo, pero el simple hecho de enfrentarse a los guardias de blanco le aterraba.

jueves, 8 de enero de 2009

Cinco (1)

A la mañana siguiente, volvió a sonar la música clásica, como todos los días. Pero para Alan, aquella melodía era como una marcha fúnebre. Como la música de fondo en la escena de la película en que los presos recorren el corredor de la muerte. Alan permaneció sentado al borde de la cama. Ángel de duchó, se cambió, marcó el día que era e incluso escribió algo en el bloc que había en la mesa (lo hacía mucho últimamente), y mientras Alan permaneció quieto, esperando. Cuando la puerta se abrió, Ángel se acercó y, justo antes de salir, sin apenas girarse, le dijo:

- ¿No vienes, no?

- No.

- ¿Estás seguro? No puedes quedarte aquí , Alan, lo sabes ¿no?, va contra las normas.

- ¿Qué más da? Me estarán esperando ahí abajo, al menos así les hago subir a por mí.

- ¿Por qué dices eso, Alan?- preguntó Ángel, aunque ya sabía la respuesta.

- Es culpa mía.- Alan hablaba sin levantar la vista del suelo.- Todo lo que pasó ayer. Fue por mi culpa. La cogieron a ella, y hoy me cogerán a mí. Le contesté Ángel. A estas horas ya habrán encontrado la nota.

- Eso no lo sabes ¿no? ¿De verdad te arriesgarás a quedarte ahí sentado? Si lo haces, seguro que vienen a por ti ¿no?, eso no lo dudes.

Alan se mantuvo callado, con los labios apretados.

-De acuerdo, yo me voy, no vaya a ser que llegue tarde.- dijo Ángel, y se fue.

viernes, 10 de octubre de 2008

Cuatro(3)

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Pasaron un par de minutos y pudieron ver cómo los guardias de blanco volvían a subir por las escalinatas. Alan y Ángel se movieron a la vez, y cada uno se concentró en la extraña pieza que tenía delante.

Aquella noche ninguno de los dos dijo nada. Cada uno estaba sumido en sus propios pensamientos.

Ángel, tratando de adivinar exactamente qué es lo que había sucedido, aunque sospechara que algo tenía que ver con Alan.

Alan, por su parte, le daba vueltas a la idea de que todo ello hubiera ocurrido justo cuando dejó caer la nota por debajo de la pared. Le atemorizaba pensar que hubieran encontrado la nota. No era difícil averiguar que había sido él quien la había escrito, y tenía la sensación de que al día siguiente volverían a por él. Además, la forma en que los guardias bajaron, el grito y el posterior silencio, todo ello le recordaba a la vez que le cogieron a él. También gritó, y casi le abrió la cabeza a un guardia. Pero cuando le apuntaron con sus armas tuvo que rendirse y dejarse llevar. Y entonces le metieron en aquella sala oscura. La misma sal en la que probablemente estaba ahora la persona que recibió su nota, y la misma sala en la que le meterían a él al día siguiente.

viernes, 18 de julio de 2008

Cuatro (2)

Ángel levantó la vista y se asustó. Un par de guardias blancos se habían juntado para hablar. El hecho en sí ya era raro, pues nunca solían juntarse, pero es que además les estaban señalando. Ángel se puso nervioso. Era lo mismo que había pasado antes de que se llevaran a su compañero. Se giró rápidamente para ver si Alan estaba haciendo algo malo. Alan le miró desde el otro lado de la mesa. Estaba pintando un jarrón. Aunque últimamente ya no eran jarrones lo que pintaban, sino objetos de formas extrañas.

- Algo va mal, los guardias blancos nos están señalando.

Alan levantó la vista. Los guardias estaban bajando por las escalinatas. Corriendo. Ángel se percató de que a Alan le temblaba el pulso.

-¿Qué pasa Alan? ¿Sabes porqué nos señalan?

-No.-dijo Alan con brusquedad. Miraba atentamente a los guardias hasta que desaparecieron tras la pared.

Ángel observó que Alan estaba tenso, mirando a la entrada del pasillo. Se quedaron así unos segundo, como esperando que algo pasara. Varios guardias miraban desde las alturas hacia su celda blanca, y Ángel sintió de repente que algo estaba pasando. Trató de moverse, y ese percató de que sus músculos estaban demasiado tensos. Tenía mucho miedo.

Un grito rompió el silencio y provocó que tanto Ángel como Alan saltaran sobre sus talones. El grito sonó muy cerca de la habitación, prácticamente al otro lado de la pared desde donde el día anterior había aparecido la nota. Volvió a oírse otro grito, y Ángel reconoció que era un grito de mujer. Alan estaba todavía más tenso que él, si aquello era posible, y no dejaba de mirar al pasillo. Ángel se fijó que estaba agarrando con fuerza uno de esos jarrones extraños.




El gladiador alzó la vista y pudo comprobar que el dedo apuntaba hacia el cielo.

lunes, 5 de mayo de 2008

Cuatro (1)

-¿Qué pone?-preguntó Ángel.

-¿Te llamas Dael?

-¿Dael? No, me llamo Ángel, ya te lo dije ¿no?

-Es una carta dirijida a un tal Dael. Al parecer es de una chica, Nora, que también está atrapada aquí... No sabía que también había chicas en este lugar.

-¿Dael?¿Nora? Lo cierto es que el nombre sí me suena... Dael... ¿Lo he oído antes, no? ...me suena, si...

Alan volvió a leer la nota varias veces. Ángel miró alrededor, buscando cualquier cosa que pudiera haber entrado junto a la nota. Se percató de que un guardia blanco les miraba desde una de las pasarelas.

-Alan guarda eso, no que nos están mirando... y ponte a pintar ya ¿no?


-Entonces, ¿Le contestamos? ¿Y si es una trampa?

Alan estaba sentado en la mesa con la libreta y el boli en la mano, y Ángel le miraba desde la cama. Había pasado más de una hora desde que cenasen y desde entonces no se habían puesto de acuerdo. Contestar era un riesgo, y a Ángel no le parecía que mereciese la pena. Alan, sin embargo, creía que la chica esa, Nora, sí que era real y que debían contestarle.
Alan empezó a escribir en la hoja, y Ángel se levantó para leer lo que ponía.

-No. No puedes engañarla. Tú no eres ese tal Dael ¿no? No puedes mentirle.

-Pero esta tia está enamorada. Míralo, lee la nota. No podemos decirle que no sabemos quién es Dael.

-Pues no contestes. Pero si le dices eso le estas dando unas esperanzas que no tienen fundamento. Si por cualquier cosa se da cuenta de que nos somos Dael, le puedes hacer mucho daño.

Alan se quedó pensativo. Ángel no sabía cómo reaccionar, pues Alan no solía hacer caso de lo que le decía. Caminó por la habitación, haciendo círculos, esperando a que Alan le dijera que no, que no le importaba lo que le dijese y que escribiría lo que él quisiese. Pero no fue así, Alan dejó la libreta y el boli en la mesa y se levantó de la silla.

-De acuerdo, hasta que no sepamos más, no contestamos. Vamos a dormir que ya es tarde.

Esa noche Alan no durmió mucho. Se levantó varias veces, se llegó a sentar en la mesa y agarrar el boli un par de ellas. La cabeza le daba vueltas. Aquella nota no sólo suponía un cambio en la rutina de aquél lugar, sino la existencia de otros presos, chicas, y la posibilidad de comunicarse con ellos. La oportunidad era demasiado tentativa como para dejarla escapar. Miró a Ángel que dormía al otro lado de la habitación.

Al día siguiente, cuando Ángel se acercó al hueco de la habitación para recoger el encargo, Alan se deslizó hasta la pared por donde había entrado la hoja y arrojó una nota por la ranura.

martes, 22 de abril de 2008

Tres (3)

-Vaya éste si que es raro... - dijo Ángel mientras observaba su nuevo trabajo que le había llegado por el hueco habitual- Tiene forma rara ¿no? No parece del todo un jarrón... es más bien es como... digamos...

-Bah, ¿Qué más da a lo que se parezca? Al final vas a acabar pintándolo de todas formas...

-Bueno, al final te acostumbras ¿no? De todas formas no está tan mal.

-No. No. ¿No ves que no? No hay que acostumbrarse a esto. El error está en acostumbrarte a estas cosas, a esta caja, a este sitio, a la mierda de música clásica... Esto no es normal, y yo le temo a acostumbrarme y a perder de vista el hecho de que estamos encerrados. Que no se te olvide, esto no está bien. Esto es algo muy sucio.

Ángel se quedó pensativo. Era cierto lo que decía Alan. Al principio, había pintado jarrones y había obedecido, pero siempre con la idea de que lo hacía sólo por sobrevivir y esperando el momento oportuno de para escapar. Pero en los últimos días, actuaba de forma casi involuntaria, casi como si aquello era lo que tenía que pasar. Pero, por otro lado, la vida que llevaba en ese momento no le disgustaba...
-¿De verdad pretendes salir de aquí alguna vez? ¿Salir a dónde?
-No lo se. Fuera. Claro que pienso salir de aquí. Seguro que estamos lejos de cualquier ciudad, pero hay que intentarlo.
-Ya, bueno.... -Ángel levantó el pincel y dio una pincelada- ¿Hay alguien esperándote a ti ahí fuera?
Alan levantó la vista y la fijó en Ángel. Le miró extrañado, vacilante. Entonces, unos golpecitos sonaron en la pared. Los dos jóvenes se giraron y una pequeña hoja de papel se escurrió por una ranura entre la pared y el suelo. Alan miró la nota, observó a los guardias de la pared, volvió a mirar la nota y se agachó para recogerla.

lunes, 14 de abril de 2008

Tres (2)

-¿Cuántos años tienes?

Aquella pregunta le sorprendió. Habían pasado dos semanas desde que le trajeron y desde entonces poco se habían dicho. Un buenos días, un buenas noches, alguna broma referente al encargo a pintar del día o un qué ropa prefieres hoy. Ángel observó a Alan, que seguía pintando su jarrón como si no hubiera dicho nada.

- Hace dos semanas cumplí veinte años.

-Aha- suspiró Alan, que seguía pintando como si nada.

Ángel tardó un rato en reaccionar. Alan ni siquiera le había mirado. No es que esperase de repente atención o interés, pero le hubiera gustado seguir con la conversación.

Al día siguiente, tras dos horas en silencio pintando jarrones, Ángel susurró:

-¿Tú?

-¿Yo qué?-Respondió Alan con brusquedad.

-Que cuántos años tienes, ¿no?

-¿Yo?, ¿Años?... Ah si, bueno, ¿es por lo de ayer, no? Bien… tengo veintidós años. Al menos eso creo. He visto que llevas una cuenta de los días ahí en la pared de la habitación. A mi me hubiera gustado, pero donde yo estuve era imposible.

-Entiendo -contestó Ángel.- Hoy es diez de Marzo, me parece, aunque tampoco estoy muy seguro.

-Había pensado preguntárselo a uno de esos payasos de blanco, pero creo que no ellos lo saben con exactitud…

-Ya, aquí parece que el tiempo no pasa, o que transcurre de forma diferente ¿no?

-Aquí lo que pasa es que este sitio es una mierda, estos jarrones son una mierda, y esos tipos de blanco son unos gilipoyas. Si yo tuviera una pistola de esas raras que llevan no estaríamos así, eso te lo aseguro.

Ángel se quedó mirándole, pero Alan parecía estar hablando sólo como si no existiera nadie más allí.

Esa noche, al volver a la habitación, sintió algo de miedo.

martes, 8 de abril de 2008

Tres(1)

Cuando se despertó, sintió lo mismo que sentía cada mañana, pero esta vez su compañero dormía en la cama de al lado. Entró al baño y se vio ante la posibilidad de elegir toalla, y sonrió. Al acabar de vestirse con la ropa que más le gustaba de aquél día, agarró del pie a su compañero y lo despertó. Anotó el día en la pared y se sentó a esperar. Ambos salieron de la habitación con una pieza nueva de música clásica sonando sobre sus cabezas. Recorrieron el pasillo, bajaron la escalinata y entraron en la sala cuadrada. Esperaron unos minutos y apareció el jarrón.

- ¿Otro jarrón? ¿Es que vamos a estar pintando jarrones toda la vida?

- Ya te lo dije el otro día, Alan, aquí se pintan jarrones. Es lo que se hace ¿no?

- ¿Cómo que “aquí se pintan jarrones”? ¿Y si no quiero pintar jarrones? ¿Y si no me creo todo este rollo de los cabrones de blanco y me quedo aquí sin hacer nada?

- Eso es lo que hizo mi anterior compañero, Alan. Y se lo llevaron ¿no?.

- ¿Si? Pues ya está. Esa es la forma de salir de aquí. Quedarse quieto a esperar. Alguien vendrá a sacarme de aquí. Si ven que no valgo para esto, que me lleven a otro lugar, seguro que es mejor que este sitio.

- No lo entiendes ¿no?, Aquí o se pintan jarrones, o se pintan jarrones. Cuando mi compañero dejó de trabajar, vinieron a decirle que pintara, y como se negó, lo llevaron a una sala oscura. Luego lo trajeron, ¿no?, y él volvió a negarse. Entonces lo mataron. ¿Ves esas escaleras que hay en las paredes aquellas de allí?- Ángel señaló a las pasarelas blancas que había a lo largo de la bóveda.- Por allí aparecieron hombres de esos que visten de blanco, y bajaron hasta aquí. Le dispararon a bocajarro. Y se lo llevaron ¿no?, se lo llevaron bien muerto.

Alan frunció el ceño y se quedó mirando desafiante a Ángel. Levantó la vista y observó las escaleras que recorrían las paredes. Luego se acercó a la mesa y cogió un pincel. Miró la fotografía que acompañaba al jarrón. Un caballero rojo y una montaña azulada. Aquello no le gustaba lo más mínimo.

lunes, 10 de marzo de 2008

Dos (1)

Cuando se despertó, no supo distinguir si estaba despierto o no. No sabía cuantos días llevaba encerrado ahí, o si realmente el sitio era tan pequeño como se imaginaba. Creía que tenía los ojos abiertos, pero no veía nada, absolutamente nada. Se sentó, con dificultad, y esperó con los ojos muy abiertos, buscando una luz. Sabía que la puerta se abriría tarde o temprano. Siempre acababa por abrirse, para traerle comida. Llevaba metido en la oscuridad desde que golpeó a aquellos cabrones vestidos de blanco, y de eso no sabía cuanto tiempo hacía ya. Estaba débil y, aunque dormía mucho, siempre tenía sueño.
La puerta tardó en abrirse, y cuando lo hizo, no entró comida. El hombre que entró en cambio vestía de blanco también y llevaba un arma.

-Levántate, tu periodo aquí ha finalizado. Ponte esto y sígueme.

El hombre le arrojó unas prendas de vestir, y se quedó allí de pie esperando. Él se levantó y se vistió, y lentamente se tambaleó hacia la salida. La luz le cegaba y sus piernas, resentidas, le fallaron mientras salía. De repente perdió el sentido y cayó al suelo.
Le despertó el ruido de los pasos a ambos lados de su cabeza. En un momento recordó todo lo que había pasado y se vio siendo arrastrado por los brazos de dos hombres. Intentó liberarse, pero antes de poder hacer nada estaba de nuevo en el suelo. Oyó a un hombre decir algo, y cuando por fin se puso de pie, se dio cuenta de que estaba a solas en una habitación con un joven que llevaba una camiseta azul.

-¿Quién coño eres tú?- Preguntó.

- Me llamo Ángel y tú debes ser mi nuevo compañero.¿no? ¿Te echo una mano? ¿Cómo te llamas?

- No, calla. Me llamo Alan. ¿Qué mierda es este lugar?

- No lo sé.- Dijo Ángel mientras se apoyaba en la pared junto al hueco.- Pero pasaremos aquí todo el día. Escucha, ya viene.

lunes, 3 de marzo de 2008

Uno(2)

Media hora después, o quizá menos, una melodía de música clásica trató de encubrir el crujido de los cerrojos de la puerta al deslizarse. Y supo lo que tenía qué hacer. Antes de salir por la puerta, se giró y descansó la mirada sobre la cama que había junto a él. Seguía igual de deshecha que el día anterior, igual que lo había estado toda la semana.

Recorrió el pasillo infinito preguntándose si esta vez, por ser su cumpleaños, alguien se acordaría de él. No es que esperara una felicitación o una palmadita en la espalda, una simple mirada o un leve movimiento de cabeza serían suficientes.

Abrió la última puerta y se paró un segundo a mirar a su alrededor. El lugar no era un lugar gigantesco, pero era bastante grande. Era una sala ovalada, iluminada con una luz blanca y azul que parecía proceder de entre las paredes. Por las paredes laterales se escurrían unas escaleras blancas tan finas que parecían enormes hojas de papel grapadas. Frente a él bajaban unos peldaños blancos, para dar paso a una decena de pasillos sin techo, como cuadras, que conducían a unas salas cuadradas del mismo blanco azulado que las paredes. Reconoció en seguida el mismo olor a limpio que le recibía cada día.

Miró a los lados y vio a los dos hombres serios que le flanqueaban. Vestían un traje blanco liso y llevaban puestas unas curiosas gafas de sol blancas. Tras ellos, a su derecha y a su izquierda, aparecieron otras personas como él. Todas ellas iban emparejadas. Se quedaron allí de pie, formando una hilera, esperando. La música se fue dejando de oír poco a poco, hasta que se paró, y todos ellos bajaron simultáneamente los escalones. Cada pareja se metió por un pasillo, y él caminó por el suyo a solas. No había habido felicitaciones ni miradas de complicidad, pensó, aunque tampoco había llegado a creerse lo contrario.

Entró en la sala cuadrada y avanzó hacia el otro extremo. Deslizó la mano por encima de la mesa mientras inspeccionaba lo que había encima. Botes de pintura, pinceles, vasos, un grifo en el centro… Todo aquello empezaba a resultarle familiar. Se acercó a la pared del fondo y esperó junto al hueco oscuro que había a la altura de su cintura. Empezaba a preocuparse por la impuntualidad de la entrega cuando oyó unos pasos que se acercaban por el pasillo. De repente el corazón le empezó a latir muy deprisa y el sudor le resbaló por la frente.

Por el pasillo aparecieron dos hombres vestidos de blanco que arrastraban el cuerpo de un joven por los brazos. El joven, que vestía una camiseta verde y unos pantalones vaqueros, levantó la cabeza de repente y miró en todas direcciones. Acto seguido lo arrojaron al suelo y le dijeron:

-Éste es tu nuevo compañero.

lunes, 25 de febrero de 2008

Uno (1)

Cuando se despertó, sintió lo mismo que sentía cada mañana. Se levantó, y no se sorprendió al encontrarse con la misma cara que, el día anterior, le había devuelto un escupitajo de pasta de dientes desde detrás del espejo. Después de todo, pensó, no era tan trascendental cumplir veinte años. Y mucho menos en su situación.

Sabía que era su cumpleaños, aunque no supiese donde estaba. En la pequeña sala que, desde hacía un mes y medio, venía siendo su hogar, había reservado un poco de pared para marcar los días que pasaban. Aquello le daba un aire de celda de mala muerte al lugar, y no era lo único.
Aunque el moderno mobiliario y la completa iluminación tratasen de disimularlo, sabía que estaba encerrado. Era difícil camuflar los barrotes del ventanuco que había sobre la mesa, pese a estar pintados de un azul cielo de fantasía. Los cerrojos de la puerta, aunque pequeños, chasqueaban como látigos noche tras noche cuando volvía a la habitación. Y las paredes, adornadas con estanterías repletas de libros y plantas, traicionaban un sonido metálico cuando las golpeaba con la silla de madera.

No recordaba muy bien como había acabado allí metido. En su cabeza tenía imágenes de un accidente de coche, acompañadas por una música de fondo de gritos y llantos incesantes. Recordaba gente corriendo, y algo grande tambaleándose, posiblemente un autobús o un camión. Y oscuridad. Sobretodo recordaba oscuridad. Recordaba muchos más sonidos que imágenes. Sonidos de motores, de gente hablando en idiomas raros, sonidos de golpes, y algo que parecía un petardo muy fuerte o un disparo. Aunque no estaba seguro, pues no sonó como los disparos que se oían en las películas.

Se duchó y se aseó en el cuartito de baño que había dentro de la misma habitación. Estrenó las cosas de aseo que había sobre el lavabo, al igual que la toalla que colgaba de la pared y el jabón de la ducha. Sospechaba que alguien le renovaba todas y cada una de las cosas que utilizaba a diario, mientras él estaba ausente durante el día. Abrió el armario y se puso las únicas cosas que había en su interior. Esta vez vestiría una camiseta azul y unos pantalones grises. Pensó que no estaba mal para ser su cumpleaños.
Cogió el bolígrafo que había junto al pequeño bloc de notas sobre la mesa y se acercó al rincón donde marcaba los días. Esta vez, sobre la rayita vertical, dibujó un dos y un cero. Luego, se sentó a esperar.



Muchas gracias. Estas cosas son las que no se olvidan.