-¿Te llamas Dael?
-¿Dael? No, me llamo Ángel, ya te lo dije ¿no?
-¿Dael?¿Nora? Lo cierto es que el nombre sí me suena... Dael... ¿Lo he oído antes, no? ...me suena, si...
-Alan guarda eso, no que nos están mirando... y ponte a pintar ya ¿no?
-Entonces, ¿Le contestamos? ¿Y si es una trampa?
Alan empezó a escribir en la hoja, y Ángel se levantó para leer lo que ponía.
-No. No puedes engañarla. Tú no eres ese tal Dael ¿no? No puedes mentirle.
-Pero esta tia está enamorada. Míralo, lee la nota. No podemos decirle que no sabemos quién es Dael.
-De acuerdo, hasta que no sepamos más, no contestamos. Vamos a dormir que ya es tarde.
Esa noche Alan no durmió mucho. Se levantó varias veces, se llegó a sentar en la mesa y agarrar el boli un par de ellas. La cabeza le daba vueltas. Aquella nota no sólo suponía un cambio en la rutina de aquél lugar, sino la existencia de otros presos, chicas, y la posibilidad de comunicarse con ellos. La oportunidad era demasiado tentativa como para dejarla escapar. Miró a Ángel que dormía al otro lado de la habitación.
Al día siguiente, cuando Ángel se acercó al hueco de la habitación para recoger el encargo, Alan se deslizó hasta la pared por donde había entrado la hoja y arrojó una nota por la ranura.

